Archivo del blog

sábado, 2 de octubre de 2021

Una habitación propia


Para escribir este texto he tomado cinco noches, no por un defecto de lentitud, aunque lo tengo, sino por mis ocupaciones maternas. Iniciaba cuando mis hijos pequeños por fin dormían. Durante el día algunas ideas salían a flote, y antes que naufraguen en el mar de mis pensamientos, para atraparlas, las escribía en el primer papelito que veía, y así lo reunía con otros tantos que volvía a leer en la noche, cuando tenía el silencio y el tiempo para organizar mis ideas, porque las continuas demandas a la madre habían cesado.

Y de eso precisamente habla este libro. Virginia Woolf expone la problemática de las mujeres y las novelas. ¿Por qué no han producido las mujeres tantos textos como los hombres a lo largo de los siglos? Lo más probable es que las mujeres estaban criando hijos. Según Woolf muy pocos registros hay de mujeres lectoras y escritoras antes del siglo XVI. Lo que queda en los registros son mujeres parturientas cada año y eso hasta el siglo pasado.


«Una habitación propia» es un ensayo escrito por Virginia extraído de sus conferencias en las que hablaba con mujeres acerca de este tema. Es un texto que reivindica a la mujer en su derecho a producir arte y la obligación de la sociedad a dejarla que eso suceda, sin interrumpirla cuando crea. Porque entre la mujer y la literatura existe una relación aún tortuosa, quizá en los tiempos de Woolf más evidente. Las mujeres a penas habían conquistado el derecho al voto y eran por excelencia amas de casa, escribían solo las que tenían una fuerte vocación a la inquietud mental, alguna irreverente, una privilegiada, o extrañamente intelectual, y es que las mujeres no tenían un fácil acceso a la educación superior.


Virginia Woolf publicó su ensayo en 1929, es decir hace casi cien años. Lógicamente en casi un siglo algo tuvo que cambiar, ¿no? ¿Qué pensaría hoy la autora? Yo supongo que lo mismo, que la relación entre la mujer y las novelas aún no es una relación fluida. La única diferencia es que ahora las mujeres somos amas de casa de closet. Las mujeres (con hijos) que quieren producir tienen dos opciones: o delegar el cuidado de su prole y de su casa a terceros (con todo el sentimiento de culpa que ello implica) o ganarle horas a la noche y a las madrugadas y tratar de hacer algo con su inteligencia. Y si alguien se pregunta ¿pero y el padre? El padre puede estar o no estarlo, su presencia no exime a la mujer de su rol materno.


Una mujer que escribe es constantemente interrumpida, aseguraba Virginia, algunas bocas la llaman mientras trata de crear, no tiene la libertad moral ni de lenguaje que un hombre, pero sobre todo carga el estigma de no estar en sus cabales (y es posible que realmente no lo esté mientras reprime a su energía). Por otra parte, la autora explica que desde ya quien escribe tiene que soportar la indiferencia del entorno, ¿realmente a alguien le importa lo que uno escribe? Posiblemente no, pero en el caso de las mujeres no se trata solo de indiferencia, decía Woolf:

«La indiferencia del mundo que Keats, Flaubert y otros han encontrado tan difícil de soportar, en el caso de la mujer no era indiferencia, sino hostilidad. El mundo no le decía a ella como les decía a ellos: 'Escribe si quieres; a mí no me importa nada'. El mundo le decía con una risotada: '¿Escribir? ¿Para qué quieres tú escribir?'». Virgina Woolf.


Virginia Woolf es una autora que a lo largo del tiempo ha sembrado inquietudes por dos razones. Por un lado está su obra y su feminismo, pero por otro su locura y su suicidio.

En cuanto a su producción literaria Woolf supo imponerse a un mundo intelectual hecho a la medida de los hombres. Aunque no accedió a la educación universitaria se formó sola, leyendo cuanto pudo de la biblioteca de su padre. Más tarde formó parte de círculos de intelectuales londinenses donde no solo un día llegó ante la incomodidad de todos los miembros varones, sino también donde luego se instaló y prácticamente fue el eje. En su vida publicó nueve obras y fue una autora de renombre.


Pero Virginia convivía con sus fantasmas. La autora sufría de un trastorno maniaco depresivo, lo que hoy se conoce como trastorno bipolar. Aunque se repuso a sus crisis más severas un día decidió que no se sometería a otra recuperación y en cuanto vio acercarse la sombra de una nueva crisis escribió una carta, se despidió de su marido, salió a caminar, fue llenando poco a poco sus bolsillos con piedras y se hundió lentamente en el río Ouse.



Claudia Campanini.

jueves, 2 de septiembre de 2021

La metamorfosis


«La metamorfosis» de Franz Kafka, es un pequeño libro que abre un gran universo. En torno a esta peculiar historia se han reunido, a lo largo de los años, pensadores, escritores, psicoanalistas, filósofos, etc. Todos ellos dieron sus explicaciones sobre lo que quiso plantear Kafka en un relato donde un hombre se despierta un día convertido en un  insecto, ante el horror y la consternación de su familia.

Es ciertamente imposible, absurdo y altamente inverosímil que algo semejante suceda. Por eso, los pensadores dieron muchos nombres a lo escrito por el autor. El texto quedó acomodado dentro de «la literatura de lo absurdo».

En el escenario inmediato de la novela tenemos a un hombre convertido en insecto y a una familia que queda herida ante la transformación, dolida, con cierta repugnancia; pero también, y de alguna manera, comprometida emocionalmente con el insecto, mientras echan de menos al que fue antes del terrible suceso.


La interpretación que se ha dado al texto tiene tantos matices como lectores. Algunos plantean que se trata de una crítica a la sociedad y al hombre como actor de ella, otros hacen hincapié en el conflicto parento-filial e incluso hay quienes afirman que se trata de un texto feminista, pues quien toma las riendas de las decisiones de la familia en adelante es Grete, la joven hermana de Gregor Samsa, el hombre insecto. 

Yo le daría una interpretación más simple. Lo planteando por Kafka no es, en mi opinión, tan irreal ni tan complejo; creo que es más común de lo que parece. Por supuesto que nadie se despertará un día siendo literalmente «un bicho raro» (desde lo externo), pero quizá sí desde lo interno. A todo ser humano le espera el día crucial en su vida que lo transformará. 

Considero que de eso se trata «La metamorfosis», del día que cambias y los tuyos te extrañan. Es la mujer con cáncer a cuya habitación la familia entra (aunque no quisiera entrar) como a una catedral de la tristeza, con miedo y dolor. Es la persona cuya mente se ha encerrado donde nadie más desea acompañarla. Es incluso el hijo que decide confesar su verdad inesperada. 

Con el uso de la imagen familiar, Kafka pone a sus lectores contra la pared y los interpela. ¿Son capaces las personas de enfrentar su dolor y su miedo para aceptar las adversidades del otro?

En lo personal, esta es una novela que me ha generado cierta angustia. Una suerte de empatía tanto con el protagonista, a quien al menos me hubiese gustado voltear un par de veces para que camine tranquilamente, pero también con los suyos, avasallados por el cambio. Es una obra que convoca emociones difíciles. 

El relato es muy corto, depende del tamaño de las letras, las dimensiones del libro y el diseño editorial, pero en todo caso no sobrepasa las 60 páginas. «La metamorfosis» fue publicada por primera vez en 1915, en dos partes, en la revista alemana «Die Weißen Blätter», meses más tarde se presentó como libro. Fue una de las pocas obras puestas a la luz por el mismo Kafka; la mayoría son póstumas. 


La historia de una traición (y admiración)

La vida de Kafka fue tan enigmática como su Metamorfosis. Un sinnúmero de investigadores ha dedicado su vida para tratar de conocer al escritor en un plano más íntimo. De allí nace una corriente denominada «kafkiana» que se dedica a escribir sobre el autor o bajo su influencia. La Real Academia de la Lengua incorporó el termino «Kafkiano» como un adjetivo relacionado con la obra del autor, pero también lo incorpora para describir situaciones trágicas o absurdas. 

A Franz Kafka no lo conoceríamos hoy si su mejor amigo no lo hubiese traicionado, o no hubiese traicionado, al menos, su última voluntad. En su lecho de muerte Kafka escribió su decisión sobre toda su obra. La carta iba dirigida al también escritor, Max Brod a quien le encargaba que todos sus manuscritos (relatos, cartas y diarios) sean quemados sin ser si quiera leídos. 


Tras un conflicto moral y artístico Brod decidió no obedecer el pedido de su amigo en quien veía un gran talento. Cuando los nazis ocuparon Praga lo único que empacó Brod para escapar a Palestina fue la obra de Franz. Así fue que tiempo después compiló, ordenó y publicó algunos de sus escritos. Interpelado por los periodistas argumentó que el mismo Kafka estuvo corrigiendo algunas de sus obras antes de morir y que su pedido de eliminar toda su obra surgió en un momento de «depresión temporal». 

Pero no todo fue publicado, miles de hojas escritas por Kafka permanecieron casi un siglo bajo llave. En el momento de su muerte Max Brod le ordenó a Esther Hoffe, su amiga y secretaria, que «El archivo Kafka» sea donado al «Archivo Nacional de Jerusalén» o a otra institución, este último detalle: «o a otra institución» le sirvió de pretexto a la heredera. Continuando el legado de omitir moribundas voluntades Hoffe tampoco cumplió el último pedido de Max y decidió vender algunas de las obras de Kafka. Es el caso del manuscrito de «El proceso» que en 1988 fue subastado por un millón de libras y luego recuperado por Marbach, el archivo de literatura alemana. 

Al morir, la poco diligente secretaria, heredó los documentos a sus hijas. Una de ellas los poseía en un extraño departamento con cientos de gatos y objetos acumulados. Tras una larga batalla legal entre la acumuladora de felinos y la Biblioteca Nacional de Israel el archivo Kafka pasó, en 2015, definitivamente a tuición judía. 

Obras inéditas.

En la caja de la discordia que fue salvada de nazis, coleccionistas, fetichistas y gatos se encuentra una importante cantidad de manuscritos de Kafka. Hace un par de meses y con algarabía la Biblioteca Nacional de Israel anunció su digitalización y puesta en línea (se trata de un escaneo de los documentos originales). En el archivo se hallaron cartas a sus padres y amigos, relatos autobiográficos, cuadernos de hebreo y dibujos. 

Kafka, como Van Gogh, no pudo ni ver ni sospechar el rotundo éxito de su obra. Sus publicaciones en vida fueron ocho, cuatro de ellas en revistas. Estoy segura de que su peculiar imaginación no le hubiera alcanzado para prever que un día sería referente del pensamiento filosófico, psicológico y literario. De lo que no estoy segura es si esta sobreexposición se le habría hecho agradable, posiblemente no. Kafka era el tipo de artista que le gustaba crear, pero con un bajo, bajísimo perfil.

No solo la obra de este escritor pasó por disputa de propiedades. Él mismo, como individuo, es una causa de disputa entre países. Kafka nació en 1883 en Praga, en el entonces Imperio austrohúngaro (Austria Hungría) que era habitado por checos, alemanes y judíos. Kafka era hijo de judíos y se reconocía como tal, pero se educó, hablaba y escribía en alemán. Desparecido el Imperio austrohúngaro, Kafka pasa a los anales de la historia como un escritor checo-judio de formación alemana. «Era judío» insiste Israel, que ahora goza de la tuición de su obra; Alemania retruca que toda ésta está escrita en lengua germana y considera por lo tanto que era un escritor que pertenece a la cultura alemana. Para cerrar la discusión los mas poéticos concluyen que Kafka es del mundo.

Franz Kafka murió el 3 de junio de 1924 a los 40 años en Austria, víctima de una tuberculosis. Jorge Luis Borges escribió sobre él: «De todos modos, Kafka, ese soñador que no quiso que sus sueños fueran conocidos, ahora es parte de ese sueño universal que es la memoria» al momento el argentino confiesa «Yo quería ser como Kafka».

Y quizá ahí radique la magia de Kafka. Solo Kafka es Kafka porque solo él no quiso serlo. 



Claudia Campanini 

miércoles, 18 de agosto de 2021

Lo que el viento se llevó

Evocando su nostalgia heredada por una tierra rojiza, puestas de sol memorables y blancas plantaciones de algodón, Margaret Mitchell nos instala en 1861 y nos muestra un mundo ya desaparecido los Estados Confederados de América. «Lo que el viento se llevó» fue la única novela que la autora escribió en su vida, pero le significó el premio Pulitzer de 1937 y una de las más importantes adaptaciones a la pantalla grande en 1939. El título, por tanto, se ha convertido no sólo de un clásico de la literatura universal, sino también es un clásico cinematográfico.

«Lo que el viento se llevó» es una novela contada de tal manera que tiene la capacidad de llevar a sus lectores hasta hace dos siglos y mirar la vida de entonces. La obra narra una de las historias de amor más emblemáticas de la literatura, que algunos editores han comparado en su importancia narrativa con la de Romeo y Julieta, aunque con distinto tenor. A su vez, ahonda en la herida del Sur de los Estados Unidos durante la Guerra de Secesión (Guerra Civil estadounidense). Es, por ello, una novela tanto histórica como romántica.   


Sin embargo, a pesar de su periodo de creación y su título tan poético no se trata de un romance de estereotipo
. Margaret Mitchell fue, en el sentido de las concepciones femeninas, adelantada a su época. Y la historia de amor que encierra su libro es más bien una contienda casi tan bélica como la guerra misma que se desarrollaba paralelamente. Aunque apretó terriblemente los corsés de su protagonista y no la liberó jamás de sus enaguas Scarlett O'Hara, su personaje, fue una rebelde con las normas sociales, mandatos de género y hasta con la maternidad.

¿Qué se llevó el viento?


El viento sopló muy fuerte en los Estados Unidos cuando Abraham Lincoln ganó las elecciones de 1880 y el sur temió que dictaminase la abolición de la esclavitud. La región ostentaba plantaciones infinitas y pujanza económica, por lo cual no solo permitía, sino también defendía a capa y espada la tenencia de esclavos negros como un modelo de economía y de producción. Once estados sureños, entre ellos Carolina del Sur, Mississippi, Georgia y Florida, se opusieron de tal manera a la posible liberación de esclavos que determinaron su independencia de los Estados Unidos y crearon Los Estados Confederados de América, eligieron su propio gobierno, diseñaron una bandera y conformaron un ejercito. Éste más tarde se enfrentaría con las fuerzas armadas estadounidenses que finalmente doblegaron al ejercito de la joven nación. La contienda bélica dejó como saldo fatal 750 mil muertos. 


Margaret Mitchell concibe su obra desde la visión del sur y es una suerte de denuncia sobre los despojos que sufrieron los sureños en manos de «los yanquis». La autora escribió su novela desde 1926 hasta 1936; su creación ocurre, entonces, 60 años después de la caída del sur, es decir, escribió con las heridas aún abiertas. Las relaciones de esclavitud se muestran en su narración extrañamente paternales y protectoras. Mitchell hace énfasis en el cariño que existía entre esclavos y esclavistas antes de que los estadounidenses los liberaran y en sus palabras los dejaran «desprotegidos» (lejos de sus dueños). 

La cultura de la cancelación

En junio del pasado año HBO retiró temporalmente de su plataforma la película «Lo que el viento se llevó». La decisión fue tomada luego de la publicación de un artículo de opinión del guionista de «12 años de esclavitud» John Ridley, el escritor hacía hincapié en que el film inspirado en el libro de Mitchell «glorificaba la esclavitud e ignoraba sus horrores». 

No tardaron en dar el grito al cielo quienes acusaron a los precursores de la propuesta como progres (progresistas en el sentido peyorativo de la palabra) que querían eliminar la historia. 

La cinta fue repuesta por la plataforma semanas más tarde cuando incluyó antes del inicio una advertencia de contenido.


¿Es realmente «Lo que el viento se llevó» una obra racista o es un exceso de lo políticamente correcto calificarla así?

Soy contraria a la cultura de la cancelación. Nada del pasado debe cancelarse bajo la exquisita lupa de la corrección del presente. Sería una soberbia retirar la producción que fue antes de nosotros. Aquello nos sirve para comprender a los hombres y mujeres del pasado.

Sin embargo, hay que admitir, también, que a pesar de que esta novela es una gran obra y un gran clásico contiene sentencias que al menos hoy serían escandalosas. Es común encontrarse con párrafos que hablan de la escasa capacidad intelectual de los negros, «son como niños que necesitan de sus dueños», reflexiona la protagonista o recuerda las amorosas palabras de su madre cuando le enseñó a «tratar a los seres inferiores con mucho cuidado, especialmente a los negros». O la autora estaba convencida de «la supremacía blanca» o quiso hacer una semblanza de la idiosincrasia de entonces, eso no me queda claro. En todo caso, tales enunciados hoy hacen ruido, aunque insisto no debería por aquello cancelarse ninguna obra. 

Nostalgia 

El punto más fuerte de la autora y de su obra fue su capacidad de diseñar la historia de tal manera que el libro es casi una máquina del tiempo con destino a la mitad del 1800. El lector casi casi podrá sentir la sensación de pisar las plantaciones; es probable que a las mujeres nos apriete el brasier y bendeciremos a quién sea que haya sido el alma bondadosa y revolucionaria que eliminó aquellos elementos de tortura como fueron los corsés. Los olores a ceniza, a velas y a aceite de lámparas también parecen sentirse, junto a alguna maciza ventana. Mientras fuera, suenan las espuelas de algún caballo y hombres corren de un lado al otro cuando el humo se alza de lejos iluminado por una media luz. 


Escritura

«Lo que el viento se llevó» es una obra que por poco no fue. En primera instancia Mitchell se volcó de lleno a escribir la historia que con retazos de relatos familiares y textos históricos armó en su cabeza y le dio vida. Sin embargo, después de más de mil hojas escritas y de cuatro años de labor, la autora confinó su ampuloso manuscrito a alguna gaveta de proyectos inconclusos, para entonces, había conseguido hilar bien casi toda la historia y le faltaba solo el inicio. No fue hasta 1935 que Mitchell desempolvó su manuscrito y lo presentó sin mucho entusiasmo al editor Harold Macmillan Latham, fue el editor quien la animó a concluirla con la promesa de publicarla. Así, en junio de 1936, se publicó esta obra que vendió un millón de copias ese mismo año y pasó de inmediato al interés hollywoodense. (Hoy se vendieron más de 80 millones de ejemplares y fue traducida a 27 idiomas).

Película

El 15  de diciembre de 1939 pasó a la historia estadounidense como uno de los días más importantes del séptimo arte. Tras cuatro años de intenso trabajo y adaptaciones y readaptaciones del guion, América estrenaba una de las películas más taquilleras de su historia y un emblema de los años dorados del cine: «Lo que el viento se llevó». Como el arte es capaz de reconciliar lo irreconciliable, la historia que había sido escrita con cierto resentimiento respecto a los estadounidenses era acogida por estos que, a su vez, levantaron el día del estreno banderas confederadas en el desfile previo. Ese fue el día que los estadounidenses del norte y del sur se miraron con empatía. Aunque no todo fue color de rosa, las leyes segregacionistas de entonces no permitieron que las actrices de color del film pudieran asistir al evento. La producción arrasó con los premios de la Academia con 13 nominaciones y 10 galardones, entre ellos, «Mejor película»


Margaret Mitchell nació en Atlanta el 8 de noviembre de 1900 donde se pasó la infancia prestando atentos oídos a los veteranos de la Guerra Civil y de los ciudadanos del Sur. Eran ellos su fuente de inspiración cuando escribía cuentos que recaían siempre en la Guerra que tanto la había marcado. Fue periodista y escritora. Murió el 16 de agosto de 1949, a los 48 años, tras ser atropellada por un taxista que conducía en estado de ebriedad. 


Mi experiencia y 
conclusión

Disfruté mucho de esta lectura que me raptó de este siglo y me llevó a otro. Qué agradable poder escaparse un momento a otras épocas cuando uno siente desasosiego con lo que nos tocó vivir en nuestro siglo. Entonces llegas a esos lugares, ves a esas personas y te das cuenta que no, no somos ni los más desgraciados, ni los más infelices de la historia. Siempre hubo una época más dura que la nuestra; ¿el factor común? la resiliencia, siempre la resiliencia que nos obliga a reconstruir desde donde estemos. 

El último capitulo del libro me resultó amargo porque por un lado cerraba una historia que me acompañó por casi dos meses y me despedía de aquellos personajes que amé o detesté a lo largo de las páginas; y por otro lado, el día que cerré el libro coincidió con el día de la partida de mi padre a la eternidad.

Así que en mi caso ¿qué se llevó el viento? El viento se lo llevó a él. 


Claudia Campanini. 





martes, 29 de junio de 2021

Ensayo sobre la ceguera


Alguna vez me he levantado en medio de la oscuridad de la noche y por comodidad o por mera flojera decidí no encender la luz. Entonces confirmaba lo que había pensado un sinnúmero de veces en mi vida: «Si fuera ciega me muero de hambre». No soy capaz de enchufar alguna lámpara a ciegas, no soy hábil para encontrar cosas con el tacto y más de una vez hice caer cosas con un efecto dominó impresionante a las tres de la mañana. Sin ojos, posiblemente, quedaría paralizada.

José Saramago fue más lejos al plantearse la problemática de la ceguera: ¿Qué pasaría en un mundo donde la gente tuviera ojos, pero de nada le servirían? Un mundo de gente ciega, donde nadie esté adiestrado para sobrevivir, como lo hacen los ciegos comunes que han sabido desarrollar el resto de sus sentidos. 


«Ensayo sobre la ceguera» es una de las obras más importantes de este autor portugués con tan peculiar estilo. A pesar del título no se trata de un ensayo, sino de una novela. La trama inicia en una esquina donde surge el primer caso de ceguera, seguido de una posible epidemia, una tortuosa cuarentena y una inevitable pandemia: «el mal blanco» o «la ceguera blanca».

Es peculiar el estilo de Saramago porque no le pone nombre a ninguno de los personajes en toda la obra, pero se da la manera para identificarlos. Otra característica del autor es su forma cronística de narrar los hechos. Aunque todas las escenas se presentan crudas y sin contemplaciones, le da respiro a los lectores, de tanta calamidad, con reflexiones psicológicas de las personas y de las sociedades. Además deja escapar miradas poéticas sobre cada asunto, esto (su ser poético) parece haber sido más fuerte que él, quien procuraba una rigurosidad narrativa.


Su protagonista es un potente personaje: una mujer. Aspecto que quizá hoy se valoraría mucho más que en 1995, cuando se publicó la obra. Sobre «la mujer del médico» radica la fortaleza de un remanente de ciegos que ella sabe guiar, aunque a veces lo haga sumida en ataques de desesperación y pánico. 

«Ensayo sobre la ceguera» es una novela que hace una profunda crítica a las sociedades que inmersas en crisis como lo es, por ejemplo, una pandemia tienden a revelar lo peor (y lo mejor) de sí. Es en este tipo de situaciones que las personas sacan a flote su verdadera esencia, ya sea esta egoísta, solidaria, humana o sádica. A priori, la novela podría juzgarse como catastrófica, todo lo peor que pudiera pasar en el mundo, pasa aquí, pero encierra también un gran sentido: la lucha del ser humano por conservar no solo la vida, sino también la dignidad, sobre todo, la dignidad, pienso que la obra está enfocada en ese último aspecto.


Saramago fue un autor que supo decir y supo callar. Después de escribir sus primeras novelas en la década de los cuarenta, decidió hacer un silencio que duró 20 años. Luego de esta prolongada pausa creativa volvió a escribir y no pararía más. En su vida logró un total de 20 novelas que le significaron la misma cantidad de premios, el más importante de ellos, el Premio Nobel de Literatura en 1998.

José Saramago fue escritor, periodista y dramaturgo. A pesar de que su familia no pudo costearle ningún tipo de estudios universitarios, el autor supo formarse solo, encerrado en las bibliotecas con horarios nocturnos. La lectura de clásicos universales le permitió forjar su talento que más adelante le significaría ser reconocido por al menos 18 universidades. Murió el 18 de junio de 2010 a causa de una leucemia. 


Leer esta novela, justo en el momento que atravesamos una crisis de salud mundial, me hizo entender que no son completamente inútiles las pandemias. En una pandemia el ser humano se muestra tal cual es. Allí se explica que los entornos del poder no se sonrojen al vacunarse antes que los vulnerables, ni lo hagan quienes emiten millonarias facturas a moribundos, tampoco quienes secuestran oxígeno a los asfixiados. Para eso nos sirven las desgracias como esta, para mirarse uno, para mirar al otro, y saber de qué somos capaces como individuos y como sociedad; aunque es cierto también que algunos optaran por quedar ciegos voluntariamente o fingirán ceguera porque a veces «es mejor no ver». 



Claudia Campanini. 

miércoles, 26 de mayo de 2021

La insoportable levedad del ser

"La insoportable levedad del ser", será posiblemente uno de los títulos más bellos de la literatura. Las palabras que el autor eligió para llamar a su obra son muy potentes, son tres vocablos que no pueden no tener peso, (paradójico): "Insoportable", "levedad" y "ser". Se entiende con ello que el libro nos llevará a cuestionarnos y así será.

Esta es una novela que explora los terrenos del erotismo humano, por un lado; y del amor por el otro. Milan Kundera, el autor, narra de una forma muy bien construida, que el erotismo y el amor no siempre van de la mano, que el amor y el erotismo tampoco. Sin embargo, que es posible y, quizá peligroso, que en cualquier momento ese erotismo pueda cruzar la delgada línea y enamorarse, o por el contrario, igualmente riesgoso que una relación erótica nunca jamás pueda convertirse en amor.

La obra revela que las relaciones amorosas y sexuales no se dividen en polos tan simples como "te amo" y "no te amo", sino que existen un sinfín de sentimientos que pueden generar un nexo entre las personas como la admiración, la compasión, el deseo, la amistad, aunque claro, también el amor con todos sus conflictos.


Pondero la capacidad del autor de meterse en la mente femenina y en la mente masculina de sus personajes para narrar las emociones de ambos ante, por ejemplo, la traición. Por lo visto, Kundera goza del don de la vista periférica en asuntos de género y relaciones entre seres.

Pero esta no solo es una historia de amor y "no amor" es, sobre todo, una historia que mete bajo la lupa de la psicología y la filosofía el comportamiento del hombre en el mundo. Parte del postulado de Nietzsche sobre el "eterno retorno", aunque en la novela se plantea esta probabilidad como una pregunta que parafraseo: ¿Y si tendríamos la capacidad de vivir de forma infinita lo mismo, repitiendo cada error y cada acierto una y otra vez, sin poder cambiar nada? Yo añado y me pregunto ¿Sería eso paradisíaco u horroroso?


Cuando uno lee esta novela puede verse tentado de pensar que su creador era un psicólogo, pues el tema del inconsciente, por ejemplo, o los patrones en los comportamientos humanos están reflejados con una mirada casi psicoanalítica, pero no, a pesar de su comprensión sobre el tema el autor es en realidad músico, escritor y cineasta.  

De fondo y de forma constante, Kundera revela además los dolores de la persecución política que instauran los regímenes; en este caso la novela hace referencia a las heridas que la invasión soviética dejó en Checoslovaquia, desde 1968, y que el autor sufrió en carne propia.


En suma, desde mi punto de vista, esta es una novela completa, que te lleva a entender el mundo, a entender al otro y a entenderte a ti mismo. Hermann Hesse decía que leer no otorga precisamente felicidad, pero que sí te da la oportunidad del autoconocimiento. Es el caso, este quizá no es un libro que te hará feliz, pero sí te obligará, en algún momento, a mirar hacia adentro. 

Milan Kundera nació en Morovia, Checoslovaquia el 1 de abril de 1929, tiene 92 años y radica en Francia desde 1975, donde migró tras lo que él llamó "la expulsión" que le hizo su país tras instaurarse el régimen ruso. Es autor de once novelas, entre las que se destacan "La vida está en otra parte" y "El libro de la risa y el olvido";  la crítica, sin embargo, ha señalado como su obra maestra: "La insoportable levedad del ser". 


Solo me queda añadir que me hubiera gustado leer este libro antes de amar, (todas las veces que amé).


Claudia Campanini 


Fotos: Claudia Campanini, Internet y Pixabay.com 

viernes, 30 de abril de 2021

La poesía de Sabines

 


"Imagínese a una persona con la sensibilidad de un poeta estar destazando cuerpos", con esas palabras explicaba la escritora Dolores Castro por qué Jaime Sabines abandonó entre lágrimas y culpa la Facultad de Medicina, en 1947, luego de tres años de carrera. Los recuerdos de Sabines sobre aquellos años estaban plagados de tristeza. Se recordaba así mismo desolado, porque "no quería ser médico"; aunque en sus palabras, aquellos años "lo hicieron poeta", y es que solo escribiendo canalizaba su angustia. 

Personalmente no creo inútil que un poeta vea a la muerte así, frente a frente, como a él tocó, aunque hiera. Y es que seguro este hombre, con su sensibilidad, no solo miraba 80 kilos de restos humanos sobre una mesa, yo podría asegurar que se preguntaba ¿quién sería esa persona? ¿Cuántas veces habría amado? ¿Con cuántos cortes más se le hallaba el alma? Y en fin... Imagino a Jaime transitando por aquella experiencia haciéndose más preguntas espirituales que anatómicas. Quizá por eso o quizá porque sufrió muchas pérdidas en la vida Jaime Sabines tuvo siempre presente a la muerte en su obra, casi como una amiga, una cómplice y una verduga que conocía bastante bien. 

Cosa extraña, sin embargo, su peculiar don. El don no solo de la escritura, sino de la trascendencia. Sabines podía escribir un poema desde el lado del vivo, desde el lado del muerto, desde la tristeza del doliente y desde la vagabundez del alma en pena. ¿Cuántas veces tuvo que morirse Jaime para lograr su obra escrita casi desde la muerte? Sabines es el escritor que creó su poesía como llegado de otros mundos para decirnos qué se siente "ya no ser" y cómo nos vemos los que "aún somos". Escribió de la vida y la muerte, respetaba y amaba a ambas; escribió del amor y del desamor, fue un amante tan constante como fugaz; escribió desde su fe y desde sus incredulidades, fue un católico con un Dios siempre presente, pero con quien sostenía litigios. 

Como es claro, Jaime, no llegó a ser médico, ya que las cosas terminan cayendo por su propio peso. Un día Jaime no pudo más, hizo maletas y retornó a su natal Chiapas donde creía que sus dos padres esperaban a un médico, lo que recibieron fue un hombre roto que hizo su confesión: "No puedo ni quiero ser médico". Contrario a lo que pensaba su padre lo estrechó fuertemente y le dijo que no tenía por qué serlo. Sabines lloró con lágrimas de libertad. 


Fue así que al año siguiente ingresó a la Facultad de Lengua y literatura española de la Universidad Autónoma de México. Allí se codeó con escritores de la talla de Juan Rulfo. 

Pero fue un poeta atípico. No fue el clásico escritor de "despacho" que podía escribir todo el día y vivir de aquello. Jaime se casó, formó una familia rápidamente y terminó vendiendo telas por años y luego alimentos para animales por más de dos décadas. Pero era de noche cuando Sabines creaba... ese era el momento que se encontraba con todos sus vivos y sus muertos. 

En ese ritmo el poeta generó gran parte de sus poemarios. Claro que los últimos años pudo vivir de aquello; además fue diputado en dos ocasiones, y por lo tanto, archivó por siempre sus viejos oficios. 

Fue uno de los poetas más importantes de México y su país supo reconocerlo en vida. Le otorgó cuatro premios, entre ellos: el Premio Nacional de Ciencias y  Artes en 1983. Años después, en 1996, leyó con su inconfundible voz sus poemas, en el Palacio de Bellas Artes, ante un auditorio repleto que le aplaudió hasta quebrarlo: "Estas son lágrimas que le lastiman a uno", dijo entonces y su voz firme tambaleó seriamente. 

Jaime Sabines no tuvo una vida fácil. En los años 60 perdió a sus padres a quien les dedicó sus obras más dolorosas: "Algo sobre la muerte del mayor Sabines" y "Doña Luz". También le tocó enterrar a su hermano más querido; y al final de su vida, tras la caída en una insignificante, pero siniestra grada, tuvo que someterse a 36 operaciones y estuvo ocho años postrado en cama. 

Acerca del libro: 

El libro en el que se basa esta reseña lleva como título: "Jaime Sabines. Recuento de poemas 1950-1993", pertenece a la Editorial Visor y contiene los 22 poemarios de Sabines que ocupan 579 páginas. Es una recopilación muy bien trabajada. Considero un gran mérito la calidad de la impresión y el color a elegante melancolía de las hojas (ojo, no es un comentario auspiciado). 

Jaime Sabines nació el 25 de marzo de 1926 en Chiapas, México. Fue escritor y político. Se construyó de forma académica y empírica, tuvo que abandonar la carrera universitaria de literatura en 1952 tras un accidente y larga agonía de su padre. Publicó más de 20 libros. El poeta murió el 19 de marzo de 1999 a causa de una metástasis. Tenía 72 años cuando finalmente cruzó el umbral del que tanto había hablado y parecía haber conocido toda su vida. 




Claudia Campanini.

miércoles, 31 de marzo de 2021

1984

Hace algunos días lancé una pregunta en Twitter que ahora parafraseo: ¿Por qué el Gobierno parece interesado en exacerbar los ánimos, de un lado y otro, en el país?

Las respuestas fueron diversas, pero apuntaban a lo mismo: "el gobierno necesita generar inestabilidad para allanar el retorno del expresidente".

Con esta introducción política abro esta reseña. En este blog no he tratado nunca algún tema político, pero el libro del que hoy les hablaré amerita la excepción.

1984 no es estrictamente un libro político, pero allí radica su eje; es una novela distópica (lo contrario que una utópica). Cuenta la historia de Winston Smith, personaje protagonista, durante el régimen de la "Revolución del Partido". Está ambientada en la ficción del gran estado de Oceanía. El sistema político instalado ha controlado a sus ciudadanos a tal punto que ellos no recuerdan como era la vida antes. Todos los libros anteriores a la revuelta han sido desechados, las noticias han sido cambiadas y los periódicos, incluso los pasados, son constantemente modificados. Lo único con lo que cuentan los ciudadanos, ya embrutecidos de tanta ideología, es con discursos que hacen referencia a que la vida antes de que "El Gran Hermano" llegue al poder era una tiranía de los antipatrias.

En la obra, cada tanto el gobierno organiza la semana del odio que va dirigida a alimentar los resentimientos de los súbditos contra un enemigo que ya ni siquiera recuerdan y no están muy seguros de que exista, pero el odio está instalado en sus corazones.


¿Y en los hechos?

Lo cierto es que a partir de aquella "Revolución", elementos tan básicos como el olor a café (verdadero), el sabor del chocolate o el tabaco han sido olvidados, o moran en algún débil recuerdo de infancia; los alimentos se racionalizan, al igual que las libertades. "El Partido" controla cada movimiento de los ciudadanos militantes que viven generalmente trabajando en oficinas del Estado. Al proletariado no se lo controla bajo la premisa que "no tienen intelecto".  

1984 fue una novela futurista. Escrita al alrededor de 1946. Podría haber sido una crítica al socialismo estalinista, pero también al exterminio nazi, George Orwell, su autor, había sido testigo de las dos guerras mundiales, de sus horrores, extremos, pero sobre todo del manejo del pensamiento humano de entonces. Además, expresó su sincera preocupación por como la "verdad" era manipulada a diario durante la Guerra Civil española. 

Es visionaria también porque Orwell imaginó que los ciudadanos poseían, de manera impuesta, pantallas en sus casas no solo capaces de trasmitir en directo información sesgada todo el día, avivar sus odios y llamar al compromiso nacional, sino también de realizar una escucha de los ciudadanos. ¿Habrá pensado Orwell que menos de cien años después de escrita su obra cohabitaríamos con nuestras pantallas en mano que azuzan nuestras indignaciones y nos invitan a develar nuestros pensamientos?


La novela resulta un espejo. 1984 es una obra que toda persona debería leer, para nunca (o nunca más) ser manipulada ni usada con fines políticos, ideológicos,  partidarios y hasta religiosos. Al fin y al cabo las estrategias son siempre las mismas, más allá de donde vengan cuando se trata de controlar voluntades y pensamientos.

La respuesta a la interrogante que me había planteado llegó de la mano de George Orwell. "Los estados necesitan que la guerra continúe eternamente", "Es necesario que un fanático sea crédulo e ignorante cuyos estados de ánimo predominantes sean el miedo, el odio, la adulación y el triunfo".


George Orwell nació el 25 de junio de 1903 en Montihari, India, aunque radicó gran parte de su vida en Londres. Su verdadero nombre fue Eric Arthur Blair, sin embargo escribió bajo el seudónimo de Orwell toda su obra. Fue periodista de guerra, critico y escritor. 1984 fue su última creación. El autor murió pocos meses después de publicarla a causa de una tuberculosis; tenía 47 años.



Pienso que si George Orwell podría decirnos algo hoy, sería:

"No olviden el pasado ni como ocurrieron los hechos, porque les van a cambiar las noticias a fin de que la falacia quede escrita como 'la verdadera historia'".

Y sí, ya lo hacen. En el 1984 que nos planteó esta manipulación la hacía el "Ministerio de la Verdad"; hoy lo hacen los ministerios encargados de la comunicación, que en la práctica podrían llamarse fácilmente: "el Ministerio de la Posverdad". 



Claudia Campanini 

viernes, 26 de febrero de 2021

El Duelo

Esta reseña, que no será exactamente una reseña, quiero dedicarla a todas las personas que están atravesando por una pérdida. Quiero dedicarla a sus silencios, a sus preguntas sin respuestas, a sus ganas de señales... Va por quienes nos quedamos y por quienes se han ido. 


Tantas cosas he abandonado en mi vida en combo completo con mi país que me rehúso a abandonar un libro, a mis libros, que son por ahora mi único patrimonio, no los abandono... «a menos que alguien muera y no tenga cabeza ni para leer», le decía a mi buen amigo Víctor. 

Y justamente así fue. En enero de 2021 abandoné un libro (un mundo). Había empezado el año entusiasmada con 1984 de George Orwell. Esta reseña, que insisto no es reseña, tendría que haber sido sobre aquel libro. Pero un día de enero todas las letras del mundo dejaron de formar palabras. La pandemia dejó sus huellas en mi vida. Empecé a perder familiares y amigos, uno tras otro, uno tras otro, uno tras otro... hasta que el último me dejó casi sin aire. ¡Estoy harta! Fue mi reclamo. Estaba harta de enterarme de agonías silenciosas y de muertes solitarias.

Duelo. Qué palabra tan fácil y, como suceso, ¡qué difícil transitarlo! Es un proceso en el que nadie más puede estar, porque solo tú entiendes tus pérdidas y tus dolores ¡penosa la situación de quién tiene que explicar por qué esa muerte lo hiere! El duelo empieza justo en el momento que recibes esa llamada, ese mensaje o esa mirada: "Lo siento tanto..." te dice con tristeza el portador de la mala noticia y tú lo entiendes todo; o como se hizo ya común, cuando ves, en el inmenso obituario en que se convirtieron las redes sociales, el rostro sonriente de algún amigo querido que ignoraba que la Parca se acercaba a arrebatarlo. ¡Injusto! 

Inicia, entonces, una cuesta arriba. La psicología explica que la psiquis herida se defiende con sus armas primeras, he ahí la negación y el enojo. «¡Imposible! Debe ser un homónimo.», respondí yo, por ejemplo, o el inevitable: ¡No puede ser! ¡Él no! ¡Ella no! Como si en el fondo creeríamos que las personas que queremos son, por ese mismo hecho, inmortales. Porque la muerte es un hecho muy natural y cotidiano que les pasa a todos... «a otros... pero cuando ese suceso 'tan estadístico' toca a uno de los tuyos se convierte en un hecho injusto» inexplicable e imposible.

«¿Qué es lo que has perdido?». Esa es la pregunta más recurrente que analistas y tanatólogos plantean a los dolientes; según los especialistas, lograr responderla es un gran paso para elaborar el duelo. No es «¿A quién has perdido?», es «¿Qué has perdido cuando esa persona se fue?"; y hallar una respuesta a esa pregunta es lo verdaderamente difícil, porque tiene que ver más con la muerte de uno mismo que con la del otro. Según cita Rolón, en el libro del que vengo a hablarles, Freud llamó a sus duelos «una herida narcisista» ya que en la pérdida, explica Gabriel, no solo se hace duelo por el que se va, sino también por la parte de uno mismo que exhala en ese mismo momento en que dejas de ser «el hijo», «la madre», «el amante», «el hermano», «el amigo» de quién se fue... muere una parte de ti con la persona que entierras, porque en ese momento pierdes un rol.

«A menudo el sepulturero entierra, sin saberlo, dos corazones en un mismo ataúd». Alphonse de Lamartine


En octubre de 2020, bajo el sello de Editorial Planeta Gabriel Rolón presentó se décima obra. Esta vez se trata de un ensayo sobre la pérdida y la muerte: «El Duelo». Rolón es un psicólogo, escritor y músico argentino. Pertenece a la escuela del psicoanálisis y es desde ese enfoque que produce su obra. El lector hallará en los libros de Rolón una gran cantidad de referencias literarias, mitológicas, filosóficas e históricas. Gabriel es, desde mi punto de vista, no solo un buen ensayista sino también un gran lector del que vale la pena aprender (y aprehender). 

Sin embargo, esta vez leer a Rolón fue para mí un viacrucis. El libro es un baño de realidad acerca de las pérdidas, y su impacto en el lector dependerá mucho del momento por el cual está pasando. Es un libro muy difícil de digerir si se está atravesando por la primera fase después de haber perdido a un ser querido, y por lo tanto, su lectura en ese momento puede resultar hasta tortuosa; probablemente en un periodo más calmado es quizá placentera. 

Tentada por hallar explicaciones abandoné a Orwell y abracé a Rolón, a quien ya conocía y daba la casualidad que hace poquísimo había escrito sobre el tema. Entonces no lo dudé y compré la versión digital del libro, (única  versión en Italia; en América Latina está disponible también la versión impresa). Abrí el libro con mucha esperanza de canalizar mis angustias, pero como ya dije, me encontré con la cruda verdad de lo que es una muerte, sobre todo por su carácter irreversible que a un inicio no se logra asumir. 

Y ahí estaba yo, con «El Duelo» entre las manos y el duelo en el corazón. Y me enojé con Rolón por intelectualizar la muerte. «Creo que voy a abandonar este libro, es una verdadera tortura en este periodo», le dije a mi querida amiga, la psicóloga Syssi Velásquez. Syssi me recomendó pausar la lectura un par de días y volverla a enfrentar cuando me sienta lista. Deje pasar dos días y mi orgullo me reclamó no dejarme vencer por aquellas líneas. Entonces retomé la lectura con valor y con lágrimas. Fue un recorrido, como el autor advierte, como el de Dante... por los infiernos personales.


Terminé el libro hace un par de días y me sentí contenta por haberlo «vencido». Valió la pena (pena de verdad) cada página y su efecto demoledor para aceptar lo ocurrido. Aunque tengo un par de observaciones al texto, fue un gran aporte, también, para mi introspección. Pude mirar hacia adentro y preguntarme «¿Qué he perdido?» Y sobre todo, pude responderme. Entonces empezaron las otras fases del proceso, no menos duras, pero al menos más honestas: que pasan de la profunda tristeza hasta (finalmente) la aceptación. Allí estoy ahora: aceptando que esos mis afectos se fueron y no hay nada que yo pueda hacer para revertir la situación. «Los 'hubiera' no existen», sentencia la tanatóloga Miriam Israel.

Rolón es un escéptico en el sentido de la fe y la eternidad. He ahí el punto más flaco que encontré en la obra. El analista pudo haber dejado esa «inexistencia total» que plantea como un supuesto y no como un hecho comprobado, como parece postularlo. Toda la literatura humana no bastará jamás para explicar qué hay más allá de lo humano. Eso, desgraciadamente lo descubriremos, si es que hay algo, cuando aquel conocimiento ya no se pueda transferir. Ningún vivo puede explicar a ciencia cierta lo que hay después de la muerte.

Yo, desde mi fe sí espero que haya algo más que nos permita los anhelados reencuentros y aquellos abrazos que duren un pedacito de eternidad. 

Voy a compartir algunas frases tomadas del libro, algunas del autor, otras tantas de sus referencias bibliográficas: 

«Los muertos, porque han vivido, 

no pueden permanecer inertes». 

John Berger


«Nuestro estado no puede seccionarse. 

Nosotros somos una sola carne 

y perderte es lo mismo que perderme». 

John Miltón


«El verdadero cielo es poder reencontrar

 la mirada de un amor perdido 

o de un hijo muerto». 

Gabriel Rolón.


«Es una ausencia tan brutal

 que es uno mismo el que no está.

 Y no sentir ningún dolor 

es lo que duele más». 

Alejandro Dolina. 


 «No hay mayor dolor que acordarse 

del tiempo feliz en la desgracia». 

Dante Alighieri. 


«Algún día seremos ausencia». 

Gabriel Rolón. 


«El tiempo en que festejaban mi cumpleaños, 

yo era feliz

 y nadie estaba muerto». 

Fernando Pessoa. 


«Soy feliz... Soy un hombre feliz

 y quiero que me perdonen este día

 los muertos de mi felicidad». 

Silvio Rodríguez. 


«El dolor es la última barrera

 que nos defiende 

de caer en la muerte o en la locura». 

Juan David Nasio. 


«Es adulto aquel que 

cualquiera que sea su edad, 

ha perdido a alguien». 

Michel Tournier. 


El libro tiene una gran cantidad de frases, aforismos y teorías.

Mi conclusión: 

El duelo es esa parte oscura, solitaria y desesperante que poco a poco vas resolviendo. Sabes que saldrás, sabes que volverás al mundo, pero sabes también que volverás como otra persona, una parte de ti se diluye o quizá se transforma. Cada muerte que sufrimos se lleva una vida nuestra, pero nos deja también un nacimiento, diremos entonces: «empiezo una nueva etapa, en un mundo ya sin ti». Encontrar los sentidos a ese nuevo mundo es el verdadero desafío y la verdadera curación. La herida se hace finalmente cicatriz y el dolor, que estará siempre, empieza a ser un fantasma amable ya sin ganas de torturar. 


Apunte: 

Ya que el 2021 ha empezado tirano, volveré a mis pasos y me refugiaré en 1984, ya no seré la misma que cerró el libro el 26 de enero. Seré otra cuando lo vuelva a abrir, otra, pero con ganas de reencontrarme.

"No olvides que no se olvida, 

hacia atrás o hacia adelante.

Ya el castigo fue bastante

¡reincorpórate a la vida! 

Con audacia, sin alertas, 

con razón o sin motivo,

Mujer de Lot te prohíbo 

que en estatua te conviertas" .

Mario Benedetti. 



Claudia Campanini.



domingo, 17 de enero de 2021

Kafka en la orilla

 


«Quiero que te acuerdes de mí. Si tú me recuerdas no me importará que el resto del mundo me olvide». 

Leí está frase, y me pareció un todo. Me tocó. Busqué a su dueño, era Haruki Murakami. Un aclamado autor japonés a quien llaman «el eterno candidato al premio Nobel». Sí, es que el escritor fue postulado durante los últimos años a la máxima mención de la literatura, pero esa hazaña, hacerse con el premio, es una obra que el autor nipón no logra concluir.  

Después de leer aquel fragmento supe que había llegado el momento de entrar al mundo Murakamiano del que había escuchado mucho. Sabía que su obra abundaba en ficción, cultura y el paralelo mundo onírico.

El libro llegó empacado, envuelto en papel color gris. En la portada, los ojos verdes de un gato y, a pesar de sus más de 700 páginas era ligero. «El papel utilizado para la impresión de este libro está calificado como papel ecológico, gestionado de manera sostenible», presumían los editores en la primera página. 

No me pareció extraño que se usase material «respetuoso». Por esteriotipo, o por lo que fuera, a mí no me sacaban de la cabeza que los japoneses son unos tipos respetuosos, serenos, cuidadosos y en fin una cultura que me gustaría respirar ¿y qué mejor que husmear en su literatura? Ahora sé que son tan humanos como todos.

Recorrí la obra con tres momentos muy marcados. Al inicio sentía que me llevaba a otro lugar apartado de todo. A otro mundo, un lugar que no sé dónde es, y que no conocía, pero era un gran lugar para estar. Un segundo momento se llamó perturbación... En cierto punto la obra me ha impactado y hasta puedo decir que ha herido mi sensibilidad, tuve la tentación de saltar algunas páginas, pero me llamé al coraje. Y el tercero, fue una profunda voluntad de desenredar los hilos y llegar a la resolución del entreviero. En resumen me produjo emoción, conmoción y hasta ansia, pero me enganchó. 

No quiero, sin embargo, decir que este sea un libro pesado ni una obra mal lograda, no me permitiría. Murakami no dejó ni un cabo suelto. Cuando parece incurrir en alguna incoherencia o contradicción sale al paso a explicar inmediatamente las razones de su planteamiento. 

«Kafka en la orilla» es un libro que narra dos historias paralelas y a la vez entrelazadas. Un joven quinceañero, voraz lector, que escapa de casa y un hombre cercano a los setenta que no sabe leer. Ambos se ven involucrados en un terrible hecho que de alguna manera los une. 

Los matices de la obra son crudos. Sangre, incesto y violencia, son algunas de las escenas narradas, quizá de forma demasiado explícita para mi gusto. En contraposición, el título cuenta con un gran aporte cultural a partir de datos sobre literatura, música, historia y un breve paseo por las costumbres japonesas, pero sobre todo, es un texto entretejido en las entrañas del amor, los recuerdos y la muerte. 

Pienso que este libro es perfecto para los amantes de la novela negra, un poco más difícil de digerir para mí que me inclino por lo clásico. Y a pesar de ello, muchas páginas tocaron las fibras de mi corazón. «Kafka en la orilla» es un gran libro, al que (metafóricamente) le arrancaría un par de hojas para que fuese perfectamente mío.

Por su estilo prolijo y sus frases cortopunzantes, creo que Murakami y yo nos merecemos un reencuentro y por ello, ayer recibí un libro empacado con papel sábana y una cuerdita café, el título: Tokio Blues, autor: Haruki Murakami... Permanecerá en mi estante de libros pendientes hasta que me recupere de la brutal pluma del autor. 



Claudia Campanini. 


Cometas en el cielo

«Afganistán, un lugar. Un lugar en alguna parte del mundo. Algo terrible pasa ahí. Y pasa desde hace mucho tiempo, ¿no?».  IMAGEN: AMBER CLA...