Archivo del blog
sábado, 2 de octubre de 2021
Una habitación propia
jueves, 2 de septiembre de 2021
La metamorfosis
miércoles, 18 de agosto de 2021
Lo que el viento se llevó
Evocando su nostalgia heredada por una tierra rojiza, puestas de sol memorables y blancas plantaciones de algodón, Margaret Mitchell nos instala en 1861 y nos muestra un mundo ya desaparecido los Estados Confederados de América. «Lo que el viento se llevó» fue la única novela que la autora escribió en su vida, pero le significó el premio Pulitzer de 1937 y una de las más importantes adaptaciones a la pantalla grande en 1939. El título, por tanto, se ha convertido no sólo de un clásico de la literatura universal, sino también es un clásico cinematográfico.
martes, 29 de junio de 2021
Ensayo sobre la ceguera
miércoles, 26 de mayo de 2021
La insoportable levedad del ser
"La insoportable levedad del ser", será posiblemente uno de los títulos más bellos de la literatura. Las palabras que el autor eligió para llamar a su obra son muy potentes, son tres vocablos que no pueden no tener peso, (paradójico): "Insoportable", "levedad" y "ser". Se entiende con ello que el libro nos llevará a cuestionarnos y así será.
Pero esta no solo es una historia de amor y "no amor" es, sobre todo, una historia que mete bajo la lupa de la psicología y la filosofía el comportamiento del hombre en el mundo. Parte del postulado de Nietzsche sobre el "eterno retorno", aunque en la novela se plantea esta probabilidad como una pregunta que parafraseo: ¿Y si tendríamos la capacidad de vivir de forma infinita lo mismo, repitiendo cada error y cada acierto una y otra vez, sin poder cambiar nada? Yo añado y me pregunto ¿Sería eso paradisíaco u horroroso?
viernes, 30 de abril de 2021
La poesía de Sabines
miércoles, 31 de marzo de 2021
1984
Hace algunos días lancé una pregunta en Twitter que ahora parafraseo: ¿Por qué el Gobierno parece interesado en exacerbar los ánimos, de un lado y otro, en el país?
Las respuestas fueron diversas, pero apuntaban a lo mismo: "el gobierno necesita generar inestabilidad para allanar el retorno del expresidente".
Con esta introducción política abro esta reseña. En este blog no he tratado nunca algún tema político, pero el libro del que hoy les hablaré amerita la excepción.
1984 no es estrictamente un libro político, pero allí radica su eje; es una novela distópica (lo contrario que una utópica). Cuenta la historia de Winston Smith, personaje protagonista, durante el régimen de la "Revolución del Partido". Está ambientada en la ficción del gran estado de Oceanía. El sistema político instalado ha controlado a sus ciudadanos a tal punto que ellos no recuerdan como era la vida antes. Todos los libros anteriores a la revuelta han sido desechados, las noticias han sido cambiadas y los periódicos, incluso los pasados, son constantemente modificados. Lo único con lo que cuentan los ciudadanos, ya embrutecidos de tanta ideología, es con discursos que hacen referencia a que la vida antes de que "El Gran Hermano" llegue al poder era una tiranía de los antipatrias.
En la obra, cada tanto el gobierno organiza la semana del odio que va dirigida a alimentar los resentimientos de los súbditos contra un enemigo que ya ni siquiera recuerdan y no están muy seguros de que exista, pero el odio está instalado en sus corazones.
¿Y en los hechos?
Lo cierto es que a partir de aquella "Revolución", elementos tan básicos como el olor a café (verdadero), el sabor del chocolate o el tabaco han sido olvidados, o moran en algún débil recuerdo de infancia; los alimentos se racionalizan, al igual que las libertades. "El Partido" controla cada movimiento de los ciudadanos militantes que viven generalmente trabajando en oficinas del Estado. Al proletariado no se lo controla bajo la premisa que "no tienen intelecto".
1984 fue una novela futurista. Escrita al alrededor de 1946. Podría haber sido una crítica al socialismo estalinista, pero también al exterminio nazi, George Orwell, su autor, había sido testigo de las dos guerras mundiales, de sus horrores, extremos, pero sobre todo del manejo del pensamiento humano de entonces. Además, expresó su sincera preocupación por como la "verdad" era manipulada a diario durante la Guerra Civil española.
Es visionaria también porque Orwell imaginó que los ciudadanos poseían, de manera impuesta, pantallas en sus casas no solo capaces de trasmitir en directo información sesgada todo el día, avivar sus odios y llamar al compromiso nacional, sino también de realizar una escucha de los ciudadanos. ¿Habrá pensado Orwell que menos de cien años después de escrita su obra cohabitaríamos con nuestras pantallas en mano que azuzan nuestras indignaciones y nos invitan a develar nuestros pensamientos?
La novela resulta un espejo. 1984 es una obra que toda persona debería leer, para nunca (o nunca más) ser manipulada ni usada con fines políticos, ideológicos, partidarios y hasta religiosos. Al fin y al cabo las estrategias son siempre las mismas, más allá de donde vengan cuando se trata de controlar voluntades y pensamientos.
La respuesta a la interrogante que me había planteado llegó de la mano de George Orwell. "Los estados necesitan que la guerra continúe eternamente", "Es necesario que un fanático sea crédulo e ignorante cuyos estados de ánimo predominantes sean el miedo, el odio, la adulación y el triunfo".
George Orwell nació el 25 de junio de 1903 en Montihari, India, aunque radicó gran parte de su vida en Londres. Su verdadero nombre fue Eric Arthur Blair, sin embargo escribió bajo el seudónimo de Orwell toda su obra. Fue periodista de guerra, critico y escritor. 1984 fue su última creación. El autor murió pocos meses después de publicarla a causa de una tuberculosis; tenía 47 años.
"No olviden el pasado ni como ocurrieron los hechos, porque les van a cambiar las noticias a fin de que la falacia quede escrita como 'la verdadera historia'".
Y sí, ya lo hacen. En el 1984 que nos planteó esta manipulación la hacía el "Ministerio de la Verdad"; hoy lo hacen los ministerios encargados de la comunicación, que en la práctica podrían llamarse fácilmente: "el Ministerio de la Posverdad".
viernes, 26 de febrero de 2021
El Duelo
Esta reseña, que no será exactamente una reseña, quiero dedicarla a todas las personas que están atravesando por una pérdida. Quiero dedicarla a sus silencios, a sus preguntas sin respuestas, a sus ganas de señales... Va por quienes nos quedamos y por quienes se han ido.
Y justamente así fue. En enero de 2021 abandoné un libro (un mundo). Había empezado el año entusiasmada con 1984 de George Orwell. Esta reseña, que insisto no es reseña, tendría que haber sido sobre aquel libro. Pero un día de enero todas las letras del mundo dejaron de formar palabras. La pandemia dejó sus huellas en mi vida. Empecé a perder familiares y amigos, uno tras otro, uno tras otro, uno tras otro... hasta que el último me dejó casi sin aire. ¡Estoy harta! Fue mi reclamo. Estaba harta de enterarme de agonías silenciosas y de muertes solitarias.
Duelo. Qué palabra tan fácil y, como suceso, ¡qué difícil transitarlo! Es un proceso en el que nadie más puede estar, porque solo tú entiendes tus pérdidas y tus dolores ¡penosa la situación de quién tiene que explicar por qué esa muerte lo hiere! El duelo empieza justo en el momento que recibes esa llamada, ese mensaje o esa mirada: "Lo siento tanto..." te dice con tristeza el portador de la mala noticia y tú lo entiendes todo; o como se hizo ya común, cuando ves, en el inmenso obituario en que se convirtieron las redes sociales, el rostro sonriente de algún amigo querido que ignoraba que la Parca se acercaba a arrebatarlo. ¡Injusto!
Inicia, entonces, una cuesta arriba. La psicología explica que la psiquis herida se defiende con sus armas primeras, he ahí la negación y el enojo. «¡Imposible! Debe ser un homónimo.», respondí yo, por ejemplo, o el inevitable: ¡No puede ser! ¡Él no! ¡Ella no! Como si en el fondo creeríamos que las personas que queremos son, por ese mismo hecho, inmortales. Porque la muerte es un hecho muy natural y cotidiano que les pasa a todos... «a otros... pero cuando ese suceso 'tan estadístico' toca a uno de los tuyos se convierte en un hecho injusto» inexplicable e imposible.
«¿Qué es lo que has perdido?». Esa es la pregunta más recurrente que analistas y tanatólogos plantean a los dolientes; según los especialistas, lograr responderla es un gran paso para elaborar el duelo. No es «¿A quién has perdido?», es «¿Qué has perdido cuando esa persona se fue?"; y hallar una respuesta a esa pregunta es lo verdaderamente difícil, porque tiene que ver más con la muerte de uno mismo que con la del otro. Según cita Rolón, en el libro del que vengo a hablarles, Freud llamó a sus duelos «una herida narcisista» ya que en la pérdida, explica Gabriel, no solo se hace duelo por el que se va, sino también por la parte de uno mismo que exhala en ese mismo momento en que dejas de ser «el hijo», «la madre», «el amante», «el hermano», «el amigo» de quién se fue... muere una parte de ti con la persona que entierras, porque en ese momento pierdes un rol.
«A menudo el sepulturero entierra, sin saberlo, dos corazones en un mismo ataúd». Alphonse de Lamartine
Sin embargo, esta vez leer a Rolón fue para mí un viacrucis. El libro es un baño de realidad acerca de las pérdidas, y su impacto en el lector dependerá mucho del momento por el cual está pasando. Es un libro muy difícil de digerir si se está atravesando por la primera fase después de haber perdido a un ser querido, y por lo tanto, su lectura en ese momento puede resultar hasta tortuosa; probablemente en un periodo más calmado es quizá placentera.
Tentada por hallar explicaciones abandoné a Orwell y abracé a Rolón, a quien ya conocía y daba la casualidad que hace poquísimo había escrito sobre el tema. Entonces no lo dudé y compré la versión digital del libro, (única versión en Italia; en América Latina está disponible también la versión impresa). Abrí el libro con mucha esperanza de canalizar mis angustias, pero como ya dije, me encontré con la cruda verdad de lo que es una muerte, sobre todo por su carácter irreversible que a un inicio no se logra asumir.
Y ahí estaba yo, con «El Duelo» entre las manos y el duelo en el corazón. Y me enojé con Rolón por intelectualizar la muerte. «Creo que voy a abandonar este libro, es una verdadera tortura en este periodo», le dije a mi querida amiga, la psicóloga Syssi Velásquez. Syssi me recomendó pausar la lectura un par de días y volverla a enfrentar cuando me sienta lista. Deje pasar dos días y mi orgullo me reclamó no dejarme vencer por aquellas líneas. Entonces retomé la lectura con valor y con lágrimas. Fue un recorrido, como el autor advierte, como el de Dante... por los infiernos personales.
Rolón es un escéptico en el sentido de la fe y la eternidad. He ahí el punto más flaco que encontré en la obra. El analista pudo haber dejado esa «inexistencia total» que plantea como un supuesto y no como un hecho comprobado, como parece postularlo. Toda la literatura humana no bastará jamás para explicar qué hay más allá de lo humano. Eso, desgraciadamente lo descubriremos, si es que hay algo, cuando aquel conocimiento ya no se pueda transferir. Ningún vivo puede explicar a ciencia cierta lo que hay después de la muerte.
Yo, desde mi fe sí espero que haya algo más que nos permita los anhelados reencuentros y aquellos abrazos que duren un pedacito de eternidad.
Voy a compartir algunas frases tomadas del libro, algunas del autor, otras tantas de sus referencias bibliográficas:
«Los muertos, porque han vivido,
no pueden permanecer inertes».
John Berger.
«Nuestro estado no puede seccionarse.
Nosotros somos una sola carne
y perderte es lo mismo que perderme».
John Miltón.
«El verdadero cielo es poder reencontrar
la mirada de un amor perdido
o de un hijo muerto».
Gabriel Rolón.
«Es una ausencia tan brutal
que es uno mismo el que no está.
Y no sentir ningún dolor
es lo que duele más».
Alejandro Dolina.
«No hay mayor dolor que acordarse
del tiempo feliz en la desgracia».
Dante Alighieri.
«Algún día seremos ausencia».
Gabriel Rolón.
«El tiempo en que festejaban mi cumpleaños,
yo era feliz
y nadie estaba muerto».
Fernando Pessoa.
«Soy feliz... Soy un hombre feliz
y quiero que me perdonen este día
los muertos de mi felicidad».
Silvio Rodríguez.
«El dolor es la última barrera
que nos defiende
de caer en la muerte o en la locura».
Juan David Nasio.
«Es adulto aquel que
cualquiera que sea su edad,
ha perdido a alguien».
Michel Tournier.
El libro tiene una gran cantidad de frases, aforismos y teorías.
Mi conclusión:
El duelo es esa parte oscura, solitaria y desesperante que poco a poco vas resolviendo. Sabes que saldrás, sabes que volverás al mundo, pero sabes también que volverás como otra persona, una parte de ti se diluye o quizá se transforma. Cada muerte que sufrimos se lleva una vida nuestra, pero nos deja también un nacimiento, diremos entonces: «empiezo una nueva etapa, en un mundo ya sin ti». Encontrar los sentidos a ese nuevo mundo es el verdadero desafío y la verdadera curación. La herida se hace finalmente cicatriz y el dolor, que estará siempre, empieza a ser un fantasma amable ya sin ganas de torturar.
Apunte:
Ya que el 2021 ha empezado tirano, volveré a mis pasos y me refugiaré en 1984, ya no seré la misma que cerró el libro el 26 de enero. Seré otra cuando lo vuelva a abrir, otra, pero con ganas de reencontrarme.
"No olvides que no se olvida,
hacia atrás o hacia adelante.
Ya el castigo fue bastante
¡reincorpórate a la vida!
Con audacia, sin alertas,
con razón o sin motivo,
Mujer de Lot te prohíbo
que en estatua te conviertas" .
Mario Benedetti.
domingo, 17 de enero de 2021
Kafka en la orilla
«Quiero que te acuerdes de mí. Si tú me recuerdas no me importará que el resto del mundo me olvide».
Leí está frase, y me pareció un todo. Me tocó. Busqué a su dueño, era Haruki Murakami. Un aclamado autor japonés a quien llaman «el eterno candidato al premio Nobel». Sí, es que el escritor fue postulado durante los últimos años a la máxima mención de la literatura, pero esa hazaña, hacerse con el premio, es una obra que el autor nipón no logra concluir.
Después de leer aquel fragmento supe que había llegado el momento de entrar al mundo Murakamiano del que había escuchado mucho. Sabía que su obra abundaba en ficción, cultura y el paralelo mundo onírico.
El libro llegó empacado, envuelto en papel color gris. En la portada, los ojos verdes de un gato y, a pesar de sus más de 700 páginas era ligero. «El papel utilizado para la impresión de este libro está calificado como papel ecológico, gestionado de manera sostenible», presumían los editores en la primera página.
No me pareció extraño que se usase material «respetuoso». Por esteriotipo, o por lo que fuera, a mí no me sacaban de la cabeza que los japoneses son unos tipos respetuosos, serenos, cuidadosos y en fin una cultura que me gustaría respirar ¿y qué mejor que husmear en su literatura? Ahora sé que son tan humanos como todos.
Recorrí la obra con tres momentos muy marcados. Al inicio sentía que me llevaba a otro lugar apartado de todo. A otro mundo, un lugar que no sé dónde es, y que no conocía, pero era un gran lugar para estar. Un segundo momento se llamó perturbación... En cierto punto la obra me ha impactado y hasta puedo decir que ha herido mi sensibilidad, tuve la tentación de saltar algunas páginas, pero me llamé al coraje. Y el tercero, fue una profunda voluntad de desenredar los hilos y llegar a la resolución del entreviero. En resumen me produjo emoción, conmoción y hasta ansia, pero me enganchó.
No quiero, sin embargo, decir que este sea un libro pesado ni una obra mal lograda, no me permitiría. Murakami no dejó ni un cabo suelto. Cuando parece incurrir en alguna incoherencia o contradicción sale al paso a explicar inmediatamente las razones de su planteamiento.
«Kafka en la orilla» es un libro que narra dos historias paralelas y a la vez entrelazadas. Un joven quinceañero, voraz lector, que escapa de casa y un hombre cercano a los setenta que no sabe leer. Ambos se ven involucrados en un terrible hecho que de alguna manera los une.
Los matices de la obra son crudos. Sangre, incesto y violencia, son algunas de las escenas narradas, quizá de forma demasiado explícita para mi gusto. En contraposición, el título cuenta con un gran aporte cultural a partir de datos sobre literatura, música, historia y un breve paseo por las costumbres japonesas, pero sobre todo, es un texto entretejido en las entrañas del amor, los recuerdos y la muerte.
Pienso que este libro es perfecto para los amantes de la novela negra, un poco más difícil de digerir para mí que me inclino por lo clásico. Y a pesar de ello, muchas páginas tocaron las fibras de mi corazón. «Kafka en la orilla» es un gran libro, al que (metafóricamente) le arrancaría un par de hojas para que fuese perfectamente mío.
Por su estilo prolijo y sus frases cortopunzantes, creo que Murakami y yo nos merecemos un reencuentro y por ello, ayer recibí un libro empacado con papel sábana y una cuerdita café, el título: Tokio Blues, autor: Haruki Murakami... Permanecerá en mi estante de libros pendientes hasta que me recupere de la brutal pluma del autor.
Claudia Campanini.
Cometas en el cielo
«Afganistán, un lugar. Un lugar en alguna parte del mundo. Algo terrible pasa ahí. Y pasa desde hace mucho tiempo, ¿no?». IMAGEN: AMBER CLA...
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Intenté escribir esta reseña al menos diez veces, lo que me parece extraño, porque el libro no ha sido uno más en mi vida, sino uno de lo...
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Quizá si yo estaría escribiendo esta reseña en 1813, año de la publicación de este libro, estaría aplaudiendo a la obra y a su autora ...
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Evocando su nostalgia heredada por una tierra rojiza, puestas de sol memorables y blancas plantaciones de algodón, Margaret Mitchell nos ins...









































